Un contenido puede pasar en pocas horas de un perfil privado a miles de pantallas, esa capacidad de difusión es una de las características más poderosas de Internet: permite dar visibilidad a denuncias, conectar movimientos sociales, compartir conocimiento y construir comunidades. Pero también puede multiplicar una violencia.
Después de hablar de huella digital, acoso y machismo en los espacios gamer, esta cuarta publicación de #GameOverALasViolenciasDigitales pone el foco en algo que hacemos prácticamente de manera automática: dar difusión a los contenidos que aparecen ante nosotras y nosotros. La campaña forma parte del proyecto “Ludopedagogía, gamificación y artivismo para aumentar la sensibilización sobre las nuevas formas de violencias sexuales, explotación y trata en contextos prioritariamente masculinizados, jóvenes y adolescentes”, desarrollado por Mujeres en Zona de Conflicto (MZC) y financiado por el Ministerio de Derechos Sociales, Consumo y Agenda 2030, en el marco de la convocatoria estatal de subvenciones para actividades de interés general consideradas de interés social correspondiente a 2025, vinculada a la asignación tributaria del 0,7 % del IRPF y del Impuesto sobre Sociedades.

La viralidad no ocurre en el vacío
No todo lo que aparece en nuestras redes llega hasta nosotros de manera cronológica ni aleatoria, las plataformas utilizan sistemas de recomendación para decidir qué contenidos mostrar a cada persona. Estos sistemas tienen en cuenta diferentes señales de nuestra actividad y pueden favorecer que determinados contenidos alcancen una gran difusión, son los conocidos algoritmos.
Por eso la propia Unión Europea exige a las grandes plataformas que analicen los riesgos derivados de sus sistemas de recomendación, incluyendo la difusión de contenidos dañinos, los efectos sobre menores de edad y la violencia de género. Esto no significa que “un algoritmo decida hacernos violentos”, significa que debemos preguntarnos qué comportamientos pueden verse amplificados por determinadas dinámicas digitales.
Y aquí tenemos una responsabilidad como personas usuarias, porque detrás de cada cifra de visualizaciones hay decisiones individuales: alguien comentó, alguien reaccionó y alguien decidió compartir.
Cuando el cuerpo de las mujeres se convierte en contenido
En 2025, el Instituto de las Mujeres publicó el estudio “Autopercepción de la imagen de las mujeres en los nuevos entornos digitales”, realizado con una encuesta a 1.068 mujeres jóvenes de entre 18 y 30 años residentes en España. Los resultados muestran que el 72,2% se había visto expuesta a comentarios sobre su físico o mensajes de contenido sexual no deseado. Además, el 58,8% había experimentado menosprecios, ataques o insultos a través de comentarios machistas.
La investigación también muestra cómo determinadas representaciones digitales siguen asociando a las mujeres con modelos corporales muy concretos: mujeres delgadas, sin discapacidad, no racializadas y asociadas a determinados niveles socioeconómicos. Más de la mitad de las jóvenes encuestadas, un 56,7%, manifestaba sentir presión por parecerse a las mujeres que aparecen en los contenidos digitales que consume.
Esto nos obliga a preguntarnos por qué determinados cuerpos continúan siendo sometidos a un escrutinio constante: una fotografía de una mujer famosa puede convertirse en una conversación colectiva sobre su peso, una imagen de una chica puede circular acompañada de comentarios sexualizados o un vídeo puede convertirse en objeto de burla y cientos de personas pueden sumarse sin conocer siquiera a quien aparece en él.
Cada comentario parece pequeño, pero juntos construyen una dinámica de violencia.
Cuando una imagen ni siquiera es real
La inteligencia artificial añade un reto todavía mayor, hoy es posible generar o manipular imágenes sexualmente explícitas de una persona sin que esa persona haya participado nunca en su creación.
En enero de 2026, la Comisión Europea abrió una investigación formal sobre X para analizar, entre otras cuestiones, los riesgos asociados a funcionalidades de Grok que podían facilitar la difusión de imágenes sexualmente explícitas manipuladas, incluyendo los posibles efectos relacionados con la violencia de género. Es importante decirlo con precisión: se trata de una investigación abierta por la Comisión, no de una resolución definitiva sobre responsabilidad.
ONU Mujeres advierte igualmente de que la inteligencia artificial está permitiendo crear nuevas formas de abuso y amplificar otras existentes, entre ellas el abuso sexual basado en imágenes, la suplantación de identidad, el chantaje y el acoso dirigido especialmente contra mujeres y niñas.
Compartir también es una decisión
Cuando recibimos un vídeo humillante, una fotografía íntima o un montaje sexual de alguien, tenemos dos posibilidades: podemos convertirnos en una nueva pieza de la cadena, o podemos detenerla. No hace falta haber creado el contenido para contribuir a la violencia, una nueva difusión amplía el público, aumenta la exposición y puede dificultar todavía más que la persona afectada recupere el control sobre su imagen.
Antes de compartir podemos preguntarnos: ¿esta persona ha consentido que su imagen circule de esta forma? ¿estoy informando o estoy humillando? ¿compartir esto ayuda a alguien o simplemente alimenta el morbo? ¿me gustaría que miles de personas hicieran lo mismo si quien aparece fuese alguien cercano a mí?
La viralidad también puede utilizarse para algo completamente diferente: para amplificar una denuncia, difundir una campaña de prevención, compartir recursos, desmontar un discurso machista o apoyar a alguien que está siendo atacado.
Internet nos da capacidad para multiplicar mensajes. Decidamos cuáles merecen ser multiplicados.
La violencia no es tendencia.
Juega. Aprende. Transforma.
#GameOverALasViolenciasDigitales